La desconocida
by ParmorbSe lo había hecho notar a mi esclava en la barra del bar: “Detrás de
ti, hay una mujer que me gusta, su cara me dice mucho, estoy seguro de
que es una perra”
.
Observé a esta mujer durante un rato, era atractiva de entre 35 o 40
años, parecía estar sola pero luego apareció un tipo que podía ser su
pareja o acompañante. Este hombre no le pegaba nada a aquella mujer,
de apariencia más joven, daba la impresión de estar poco interesado en
ella y andaba de aquí para allá a la búsqueda de otras posibilidades.
La noche había sido para nosotros entretenida. Procuramos que lo
sea cada vez que acudimos a un lugar de ambiente liberal, aunque no
siempre con los resultados apetecidos. Resulta curioso como hay gente
que acude a estos sitios sin haberse liberado previamente de prejuicios y
tabúes. Si lo pienso puedo entenderlo, pero es que no quiero pensar
cuando las cosas pueden hacerse libremente y con gusto, en el fondo todo
es más sencillo de cómo a veces lo hacemos. Quizás ese quiero y no
puedo, que les hace ir a sitios donde luego no comparten lo que allí se
practica, sea un tipo de perversión que aún no conozco a fondo; sí, quizás
sea eso.
Al final decidimos acercarnos al cuarto oscuro, que en realidad no lo
es tanto porque la luz de una sala contigua se filtra por lo huecos
practicados en la pared que permiten satisfacer el placer de mirar,
haciendo que el ambiente sea lo suficientemente anónimo e íntimo pero
permitiendo cierto grado de visibilidad una vez que las retinas se han
adaptado.
El lugar estaba lleno de gente. Nos detuvimos en la puerta porque en
ese momento no se podía avanzar. La mezcla de olores compuesta de
perfumes, sudor y sexo tenía como banda sonora los gemidos que, en
distintos tonos, llegaban de todos los rincones de la sala.
Cuando los ojos se hicieron a la penumbra comenzamos a percibir las
formas de los cuerpos enredados unos con otros. Parecía que todos los
hombres y mujeres que había en esa sala formaban un solo grupo donde
las manos iban de un cuerpo a otro, las bocas se exploraban o alcanzaban
un pecho, una polla o cualquier otra parte de un cuerpo que lamer.
Una pareja abandonó la estancia, tuvimos que movernos para
dejarles pasar. En ese momento pareció que se hacía un reajuste de
espacios en el interior y aprovechamos para situarnos. Entonces la vi.
Justo al lado de la puerta, pegada a la pared estaba la mujer que me había
llamado la atención horas antes en la barra del bar. Un hombre la sobaba
y, a su lado, estaba el tipo que supuse era pareja o acompañante de
aquella mujer, entretenido en meter mano a otra.
Indiqué a mi esclava que se situase junto a la mujer, yo me acerqué a
ella. El hombre que la sobaba parecía estar masturbándola, alargué mi
brazo hasta tocar el rostro de la mujer con mis dedos, la acaricié y busqué
sus labios. Entreabrió su boca y le metí un par de dedos que ella lamió,
entonces me miró. Saqué los dedos de su boca y pasé mi mano por su
nuca atrayéndola hasta que mis labios encontraron los suyos, su boca
recibió mi lengua al tiempo que me rodeaba con sus brazos. El tipo que la
tocaba recibió el mensaje y se apartó dejándome todo el espacio.
Apreté a la mujer contra la pared y seguí besando su boca,
mordiendo sus labios… Indiqué a mi esclava que la tocara y, mientras le
sobaba las tetas y chupaba sus pezones, yo susurraba al oído de la
desconocida percibiendo por momentos como aumentaba su excitación.
El hombre que acompañaba a aquella mujer vino a situarse junto a mi
esclava. Empezó a tocarla de forma precipitada y ansiosa hasta que ella le
indicó que fuese con más cuidado, entonces aquel hombre se marchó a
otra zona de la sala.
Mis dedos exploraban el coño empapado de la desconocida. Se los
metía hasta el fondo y la apretaba. Ella gemía. Luego se los sacaba y le
frotaba el clítoris. Al tiempo mi lengua lamía su cuello, sus hombros…,
alternando los lametazos con mordiscos.
¿Te gusta? –Le pregunté.
Sí.
Eres una perra. –Le dije.
Sí.
–Respondió.
Díme que eres una perra.
¡Soy una perra!
¿Vas a hacer todo lo que yo te diga?
Sí.
Ponte de rodillas y cómete mi polla.
Aquella mujer se arrodilló y acercó su boca a mi polla, tragándola y
lamiéndola con su lengua. Alcancé a mi esclava, que permanecía a mi lado,
y la besé.
¡Mi dueño! –Dijo en ese tono de complicidad que conozco bien.
¿Te gusta esta perra, y lo que hago con ella?
Sí, mi dueño. Me gusta esa perra, y me gusta como la manejas.
Tiré de los brazos de aquella mujer, para que se incorporase. Cuando
estuvo de pie le dije…
Ven con nosotros.
No puedo.
Sí puedes, ven con nosotros.
No puedo hacerle esto. –Dijo refiriéndose a su acompañante.
No te preocupes, él está a lo suyo, te traeremos aquí en un rato.
¡Ven!
Pasé mi brazo por su cintura y se dejó llevar. Cogí a mi esclava de la
mano y salimos los tres de aquella sala. Avanzamos por el local, la
desconocida un paso por delante, empujada por mi mano en su cintura.
Mi esclava tras de mí, llevada de la mano. Llegamos a un pequeño
habitáculo donde había una zona tapizada a modo de amplio sofá cama.
Había una pareja tumbada e hice que la desconocida se tumbase al otro
lado. Me coloqué entre ella y la pareja, dando la espalda a estos, mientras
mi esclava permanecía de pié, frente a nosotros.
Tranquila. –Dije a la mujer, mientras le pasaba un brazo bajo su
cabeza.
Hice un gesto a mi esclava que se situó, agachada, entre las piernas
de la desconocida, y empezó a tocarle el coño. Con la mirada me hizo
saber que estaba muy mojada. Poco a poco, y con la destreza de quien
sabe lo que hace, mi esclava fue metiendo todos sus dedos en el coño de
aquella mujer, hasta que introdujo toda su mano. La desconocida gemía
cada vez más, suspiraba, intentaba retorcerse pero yo la mantenía en la
posición que deseábamos. La tranquilizaba y al tiempo la excitaba
susurrándole al oído. De tanto en tanto la besaba y ella respondía con su
boca abierta y su lengua ávida.
En el rostro de mi esclava vi estaba disfrutando con lo que estaba
haciendo. Su mano seguía en el interior del coño de aquella mujer,
moviéndola rítmicamente; ahora despacio, ahora follándola con el puño
de forma salvaje. La mujer, a mi lado, gemía de placer.
En ese momento apareció el tipo que la acompañaba, situándose
junto a mi esclava.
¡No le estarás haciendo daño! –Dijo, pero intentó meter también su
mano, con la precipitación que le habíamos advertido antes, en el coño de
su pareja.
No le hago daño respondió mi esclava, sus gritos y gemidos no son
precisamente porque lo esté pasando mal. Pero si tú metes la mano de
esa forma seguro que la dañas.
Miré a mi esclava que captó de inmediato mis intenciones. Se puso
de pie y arrastró consigo a aquel tipo que la siguió como lo haría un
perrillo faldero. Cuando me quedé a solas con la desconocida, aunque la
pareja que encontramos al llegar permanecía en el mismo lugar pendiente
de lo que hacíamos, le metí mi mano en su mojado coño y la follé con
fuerza. Con las arremetidas de mi puño su sexo salpicaba y empapaba mi
brazo como si tuviese abierto el surtidor de una fuente. Aceleré mis
movimientos y ella gemía más, casi gritaba. Entonces dejé que apretase
sus muslos atrapando mi mano y mi brazo. Seguí con los movimientos,
ahora decreciendo la intensidad, mientras ella gozaba de un intenso
orgasmo.
Cuando dejó de hacer fuerza con sus muslos, saqué despacio mi
mano empapada y acaricié su vientre. Estaba toda sudada. Su pecho subía
y bajaba acompasado a su respiración. Besé sus pezones y busqué su
boca.
Pasados unos minutos me incorporé e indiqué a ella que hiciera lo
mismo. De la misma forma que la traje la conduje por el local, de la
cintura, hasta que llegamos a la sala donde se encontraba la mazmorra. Al
entrar vi como aquel hombre, la pareja de la mujer desconocida, estaba
sujeto en la cruz sobre una de las paredes de la habitación. Junto a él, mi
esclava jugaba con su polla erecta, dándole pequeñas palmadas con la
mano. Varios hombres y mujeres, contemplaban a cierta distancia la
escena.
Me acerqué a mi esclava, la besé y le pregunté si todo iba bien. Su
respuesta fue que sí, que estaba controlado. En el centro de la estancia
había una especie de plinto elevado con la superficie acolchada, coloqué a
la mujer con las manos apoyadas sobre él, dando la espalda a su pareja
que permanecía sujeto a la cruz. Levanté el culo de aquella perra,
empujando su cabeza para que la apoyase en la camilla, separé sus
piernas y toqué su coño con mis dedos, seguía mojada. Le follé el coño con
los dedos, gimió. Luego le metí un dedo en el culo, dos, tres… Follé su culo
con los dedos y se fue dilatando y abriendo. Alterné con palmadas sobre
sus nalgas, dándole cada vez más fuerte. El sonido de los palmetazos
animó a dos hombres, y alguna mujer, a acercarse a la perra, y empezaron
a rozarla furtiva y suavemente en los brazos y la espalda.
De nuevo la penetré en el culo con mis dedos, luego, despacio, fui
moviéndolos y empujando hasta meterle la totalidad de mi mano. Los
otros hombres y mujeres ya la tocaban abiertamente, ella respondía
facilitando el acceso de aquellas manos a sus tetas, a su coño, o abría la
boca para que la penetrara alguna polla.
Mi esclava, entre tanto, seguía jugando con el hombre que, sujeto a
la cruz, no perdía detalle de lo que acontecía alrededor de su pareja.
Pellizcándole los pezones, arañándole el torso con las uñas, golpeando o
masturbando su polla…
Por un momento dejé a la mujer en manos de los otros que la
rodearon al instante. Me acerqué a mi esclava y la hice arrodillar ante mí,
poniéndole la polla ante sus ojos. La tragó con deseo y la chupó como solo
ella sabe hacerlo. Le pasé un condón con el que cubrió mi verga y regresé
al grupo que se había formado en torno a la perra desconocida. Aparté a
un tipo que estaba tras de ella y la enculé agarrándola fuertemente de las
nalgas, clavándole mis dedos, y palmeándola con toda la fuerza que en ese
momento podía follé su culo.
Pegados a nosotros, el resto de los presentes follaban, mamaban
pollas, tocaban a la perra, la pellizcaban, la palmeaban… Gemidos,
susurros, calor, sudor, algún grito, olor a sexo, orgasmos…
Mi esclava había soltado al hombre que vino hasta el grupo, me
aparté y abrazó a la mujer.
¿Estás bien? ¿Estás bien? –Preguntaba el hombre. Pero ella apenas
podía responder, desmadejada y rota en esos momentos.
Sí, estoy bien. Alcanzó a decir ella, mientras el hombre la abrazaba y
la cubría con su cuerpo.
Poco a poco, los demás se fueron apartando y saliendo de la estancia,
silenciosos. También mi esclava y yo nos marchamos con una sensación
que ambos compartíamos, aquel hombre, pareja o no de ella, había ido a
aquel lugar con esa mujer y había encontrado en ella una desconocida que
le superaba en mucho y él, que tan ávido y lanzado se le había visto desde
primeras horas, había terminado escaldado aquella noche.
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